La apoptosis del glaciar

Dos años después de regresar de la Patagonia, no quise que ese viaje cerrara una etapa. Ese viaje irrepetible sería un comienzo. El 2025 se declaró el Año Internacional de la Conservación de los Glaciares. Sirva este relato de homenaje a esos colosos de nieve y hielo.


Hollar la cumbre.


Desnivel positivo de mil quinientos metros bajo un sol de justicia. El mantra crampón, crampón, piolet de Rocío nos aupaba poco a poco hacia el cerro Gorra Blanca en la Patagonia. A miles de kilómetros, un paisaje glaciar blanco y cegador. Me sumergía en los recuerdos, para entender cómo había llegado hasta aquí.


El día de cumbre era el cuarto de la expedición. Nos habíamos preparado con disciplina y muchísima ilusión. El cansancio acumulado no impedía que la adrenalina nos tuviera a las cinco expedicionarias y a nuestra directora Rocío en pie desde bien pronto. La cumbre tiene una hora de llegada si quieres regresar con seguridad. La primavera estaba recién llegada. Necesitábamos movernos para sacudirnos el frío. En el interior del refugio Eduardo García Soto nos sentíamos en casa, pero era el momento de salir.


Por fin arrancamos. Eran las nueve de la mañana. El invierno había extendido un manto níveo sobre el glaciar. Era más sencillo progresar en primavera. Las grietas seguían bajo la nieve y había que encordarse. Enseguida, empezaron las fuertes pendientes con las que sí entramos en calor. La huella a vista de pájaro dibujaba una preciosa Z sobre la nieve, la línea de mínima pendiente que trazamos. La distancia entre las integrantes de las cordadas conllevaba silencio. Todavía hoy cierro los ojos y nos veo subir en ringlera, ensimismadas, tan pequeñas y, al mismo tiempo, tan poderosas.


La pendiente nos marcaba la transición a crampones, pensaba en las exigencias de cambio que también tiene la vida. A veces se pone cuesta arriba, nos encuentra sin crampones y nos toca cambiar e incluso improvisar. Con los crampones puestos, nos movíamos en cordadas de dos o de tres. Rocío nos hizo creer que seríamos capaces y nos diseñó unas alas a la medida. En ese momento, las habíamos desplegado, próximas al objetivo. Rocío se había colado por los intersticios que conformaban nuestras diferencias y había logrado la cohesión necesaria del equipo durante los largos meses que precedieron al viaje.


En la cumbre oteamos ese mar de montañas y sentimos algo muy parecido a lo que debe ser la felicidad. Leímos ese poema manuscrito dedicado a los que, a partir de ahora, volarían juntos por la estratosfera chileno-argentina, nos abrazamos muy fuerte y, en el pensamiento, a todas aquellas mujeres a las que veníamos a rendir homenaje.


La cumbre en la montaña no termina hasta alcanzar el campo base, el refugio. No estaba cerca. Las condiciones de la nieve primaveral complicaban la bajada y estábamos cansadas. El reto y esa cima nos acompañarán el resto de la vida.

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