Un cordón de islas frente a la costa este de Estados Unidos que va desde Virginia hasta las Carolinas, una barrera que resguarda el continente y que ha quedado anclada en el tiempo: así son los Outer Banks, OBX, como a los oriundos les gusta llamarlos. Una línea de bancales de arena en los que descubrir el primer asentamiento inglés, «la colonia perdida» de Roanoke Island, que eclosionó y no logró afianzarse entre humedales y el calor asfixiante, y donde todavía se pueden avistar caballos mustang que llevaron los españoles en los primeros viajes a América, trotando libres por las playas de Corolla, en el extremo superior del bastón de arena de más de 200 millas de longitud.
Esa línea de tierra está regada por faros que han salvado vidas y embarcaciones y que ahora son remansos de paz, lugares de memoria, espacios entre arbustos y arena en los que en algún tiempo vivió gente solitaria. Ahora se surca el mar entre Ocracoke y Hatteras, en modestos ferris que detienen el tiempo y fuerzan a sus pasajeros a mirar al horizonte, al cielomar y a pensar en la travesía del Atlántico que tantos y tantos han atravesado antes frente a estas playas, voluntaria o forzosamente, por la fortuna y la gloria o raptados y desarraigados de sus tierras de origen en el continente africano.
Estos bancos exteriores te llevan a otra época, a otra forma de entender el mundo; protegen las costas desde el silencio de los juncos que traban las dunas, conservados hoy en día como un paraje natural en el que cérvidos y osos negros campan a sus anchas en una de las pocas zonas costeras que no se han desarrollado de manera burda y obscena como cualquier otro litoral. Los Outer Banks se han desmarcado y no buscan el turismo fácil de colores fluorescentes. Entre bahías y algún puente que une este estrecho hilo de tierra con la zona continental, entre grandes cometas y casas levantadas sobre pilares de madera, cruzamos por la espina dorsal de los bancales, la única línea de asfalto que rompe la armonía de la naturaleza que todo lo invade. A un lado, los primeros estados de Estados Unidos; y al otro, el océano, al que no hay que perder de vista. Ver el mar de los Outer Banks es darse cuenta de cómo surge la mirada atrás hacia la vieja Europa, que se atisba y se siente desde la orilla oeste del Atlántico. Y desde dentro, desde el interior de cada uno de nosotros, la arena de estos litorales se siente liviana, roza pero no molesta, acompaña sin arañar, pesa su presencia.

