ser y no ser en otra geografía

Cambiar de geografía tiene ese efecto mutante que te hace mudar la piel como un camaleón, sobre todo si has nacido y crecido en una isla con un farallón de océano por los cuatro costados y décadas de hermetismo, contemplando la opacidad de las paredes de la concha que habitas. Entonces, llegar a la gran urbe del primer mundo te eclosiona. Sales del capullo a estrenar las alas en medio de un vendaval de descubrimientos y sentimientos encontrados, y en el minuto uno de poner los pies en tu nuevo ecosistema comienza tu transformación. Cada átomo de tu ser está en alerta y tus cinco sentidos se aguzan para no perderse ningún estímulo. Solo el aeropuerto al que arribas es más grande que tu isla y con el doble de habitantes. Como en un salón de espejos de un parque de diversiones, encuentras mil puertas con letreros rojos que señalan la salida. Te abrumas. Hay una estera interminable que debe llevarte al fin del mundo y un tren que parte desde las alturas para trasladarte hasta el downtown. Tú creías que hablabas inglés y francés, y aterrizas abanderada con tus diplomas internacionales, pero cuando aquel oficial de inmigración pregunta «What is the purpose of your visit to Canada?», juras que te habla en arameo antiguo. A duras penas logras balbucear una respuesta inteligible. Es como si en tu metamorfosis se te bifurcara la lengua, una lengua bífida de réptil que aprende nuevas contorsiones para armonizar con sonidos de otro idioma.

Te sientes diminuta, extraviada, expectante. Sales reptando por las esquinas menos transitadas, dejando jirones de tu vieja piel escamada. Una ciudad infinita te recibe, te repele y te ladra. Los rascacielos se abalanzan hacia ti con sus extremidades angulosas e imponentes como si quisieran aplastarte. Se te desbordan las pupilas de colores, formas, tamaños y cantidades. Eres incapaz de retener todas las imágenes, de procesarlas y clasificarlas con sus etiquetas para archivarlas en los cajones de la memoria. Vienen a tu encuentro nuevos ruidos, olores, sabores y temperaturas que reconocerás ipso facto en el futuro, siempre que regreses a Toronto. La ciudad es un popurrí de aromas que cuentan las historias de cada rincón. Se mezclan los olores del curry, el sushi, el café del Tim Hortons, las bollerías, la marihuana, el perfume caro, el asfalto húmedo, el sudor fuerte… Y tú te maravillas y te agobias. Te provoca huir y te quieres quedar. Tu nombre pierde vocales y consonantes. Los locales no son capaces de pronunciarlo y han conservado solo el principio y el final. Ahora eres Lila, apelativo que aceptas sin protestas como parte de tu mutación.

No te has dado cuenta, Lila, pero, al transcurrir los meses, tu voz ha incorporado otra cadencia, tus gestos tienen un aire menos tropical, tu andar ha adoptado el ritmo de los nativos: ligero y seguro siempre, salvo cuando se aproximan a una boca del metro cual hormigas locas. Ya no llevas Google Maps como brújula ni vas contando las calles en el bus. Usas ropa que no combina con total desenfado y dices sorry quince veces en un parlamento de treinta palabras, aunque no exista razón alguna para tantas disculpas. Coexistes con la chica de la isla que llegó escondida en una caracola, la que prepara potaje de frijoles negros y plátanos fritos y hace videollamadas sin parar a La Habana. Tú le reclamas que aproveche el día tan lindo para salir a dar un último paseo. Vas en el tranvía 512 por St. Clair Avenue. Suena en tu playlist Hard Candy, de Counting Crows, ese disco que, si fuera de vinilo, ya estaría rayado. Luego sabrás que, en cualquier latitud que te encuentres, escuchar esa música te regresará a Toronto montada en un tranvía. Flotas, fluyes, vuelas con alas de mariposa leve. Eres otra pieza de la ciudad. Cierras los ojos y dejas que te despeine la brisa fresca que entra por la ventanilla. Ya comienza a oler a otoño. Le dices adiós a la chica de la isla que acaba de tomar su avión de regreso a La Habana. Allá la esperan demasiadas cosas valiosas, impostergables. Tú te quedas, Lila, te quedas definitivamente en esta ciudad íntima que por fin te sonríe, te acaricia, te hace guiños, mimos de todos colores, y que te acurruca susurrándote al oído una melodía que ya no es extraña.

On certain Sundays in november
When the weather bothers me
I empty drawers of other summers
Where my shadows used to be
And she is standing by the water
As her smile begins to curl
In this or any other summer
She is something altogether different
Never just an ordinary girl

(Hard Candy/Counting crows)

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