Cuando el mundo era todavía un misterio de horizontes a desenmascarar, los griegos soñaron con la lejanía de indómitas fronteras. Creyeron, argumentando principios de simetría, que las enormes masas terrestres del norte necesariamente tendrían una contraparte en el hemisferio austral. La Antártida fue un presentimiento milenios antes de que avistáramos por vez primera el paisaje de su sempiterna soledad. Tierra sin rostro de cultura alguna.
A pesar de haber sido el último continente en ser pisoteado por el hombre durante las centurias previas a su descubrimiento, ya habitaba los mapas y la exaltada imaginación de los exploradores.
Los hombres van a las regiones desiertas del mundo por diversas razones. A algunos, solo los moviliza el amor por la aventura; otros tienen una intensa sed de conocimiento científico, y otros, a su vez, son alejados de los trillados caminos «atraídos por vocecitas», por la misteriosa fascinación de lo desconocido.
Así comienza Shackleton a narrar en El corazón de la Antártida las peripecias de una de sus célebres expediciones al continente blanco. Claro que en la primera década del siglo XX no podía él vislumbrar que un día llegaríamos de a miles a aquellas remotas soledades. Y que lo haríamos con la casi certeza de volver sanos y salvos a casa.
El turismo en la Antártida se desarrolla en la temporada estival, el único momento en que el lugar más frío, ventoso y aislado de la Tierra nos da una efímera tregua. Aunque pensar que hemos conquistado el último bastión de la naturaleza porque lo visitamos en esta ventana temporal de unos pocos meses sería como creerse Poseidón por haber surfeado una ola.
Los cruceros polares de la actualidad, con cascos reforzados, cada vez más seguros y cómodos, en poco se parecen a las naves míticas de la Edad Heroica de la exploración polar: el Discovery, el Nimrod, el Endurance o la corbeta ARA Uruguay. Quizás solo el azoramiento de los tripulantes de cualquier voyage que se haya aventurado allende la advertencia borrascosa del Pasaje de Drake sea igual ayer y hoy. Más allá de las comodidades y las garantías de las expediciones antárticas actuales, esas latitudes extremas siempre ponen a prueba el temple de los viajeros.
En el año 2015 hice mi viaje inaugural al último continente, que además es el sexto o el séptimo, según donde haya sido educado uno. Los anillos multicolores de la bandera olímpica representan los continentes ocupados por el Homo sapiens sapiens, cinco. Pero no hay un consenso general sobre esto. Algunos dividen América en dos grandes extensiones de tierra, otros solo en una. Sin prejuicio de qué lugar ordinal ocupe, porque desde la Pangea hasta este rompecabezas flotando al garete en los océanos, poco le ha importado al universo los pormenores de nuestras nomenclaturas, la Antártida siempre ha significado para mí un llamado hondo y lejano.
En los años de la escuela primaria, veía desde el pupitre la mancha blanca en la base del globo terráqueo, de esos celestes pedagógicos, que siempre amenazaba con caerse del escritorio de la maestra cuando andábamos a los empujones o esquivando tizasos. La península antártica era un tentáculo gélido y sufriente estirándose hacia la Patagonia como en ademán de provocación.





