Clásicos de Nueva York

Cobran texturas de blanco y negro, sean de acero o de cedro anillado, sobre el ladrillo sucio de la Costa Este. Coronan calles cinematográficas, asoman sobre las alambradas que salta el ratero en fuga, ejercen de Sancho rechoncho junto a las quijotescas banderas estadounidenses.

Son pequeños monstruos erguidos y solitarios en la ciudad de las multitudes. Están ahí desde hace más de un siglo, dispersas por el skyline, renovándose cada treinta años, para regular la presión excesiva con la que llega el suministro de agua que viene del norte del Estado. Parecen anacrónicas y son imprescindibles. Esto es América, y el negocio de las torres de agua deja millones de dólares cada año, el mejor argumento contra su extinción.

Unos dicen que hay 10.000 recortándose sobre el cielo de New York, otros que más de 15.000 siguen dando servicio —y sabor— a la ciudad, como las torres de los armadores se la dieron a Cádiz. Sea una u otra cifra la más exacta, no se pueden fotografiar todas. Eso es lo mejor, saberlas una estadística cambiante y misteriosa, toparse con ellas, rastrearlas, darles caza. Y soñar con el correr del agua tuberías abajo hacia duchas aptas para el asesinato o el sexo vertical, grifos de músico de jazz, manguera de terraza vieja, jarras de cafés para oficinistas humillados y escritores a máquina.

Corre la leyenda de que una de ellas está repleta de Coca Cola.

En el objetivo de la cámara, se recortan, se integran, posan. No sé desde cuándo los fotógrafos apuntan en su dirección, probablemente mi ojo no ha inventado nada. Pero veo una torre de agua y disparo. Es una declaración de amor a lo analógico, un grito alegre hacia el pasado. La nostalgia va convirtiéndose en la última revolución posible y New York es la nostalgia elevada a la máxima potencia.

New York es un disparo al cielo, una fotografía de sí mismo, un icono en forma de Torre de Agua tan resistente como un cohete de película B/W.

(FOTOS: Quique Guerrero)

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