Tierra baja

Las buenas películas son siempre un viaje. Lo mismo sucede con las novelas, los cuadros y hasta con las fotografías. Tierra alta (2025), de Miguel Santesmases, nos hace recorrer varios mundos en un metraje de horas y media escasa. Hay en ella, mucho más allá de las referencias geográficas y los horizontes hermosísimos del campo turolense, un periplo profundo. El que sucede desde el magma informe del proceso creativo hasta concretar felizmente una obra de arte. Santesmases sabe de lo que habla. Todo el que ha vivido la furia de la creatividad, y sus cauces y entreveros azarosos con la vida, lo identificará antes de llegar al minuto noventa de partido. La metaficción como ejercicio está bien, pero la película, en realidad, nos abisma sobre los intangibles que perseguimos, o que nos persiguen. Existen una infinidad de conexiones, conscientes e inconscientes, en el tránsito de crear. Y Santesmases las dibuja sin excesos, con la habilidad de un orfebre audiovisual. Los planos de este filme se convierten en frases de la vida que se prenden de la literatura. O, por otro lado, letras que cobran una vida que ya existía.

Los neorrurales, la solidaridad pequeña del infierno chico o la comunidad aldeana son muestras de lo local. No obstante, nada de todo ello obstaculiza el acceso a lo universal. Desde la Tierra baja se puede ver metafóricamente el mar. Es más, aparece de soslayo, una de las pedanías de cielos más bellos de la costa levantina: Alcossebre. Y, dicho sea de paso, sus increíbles islas Columbretes. Desde ahí, y a través de referencias poco veladas, se viaja por el Mediterráneo. Y el bajo Aragón conecta, a través de la música que nos hace soñar, la historia y sus gentes, con la Grecia de Zorba, el sirtaki y los chasquidos de dedos que acompañan al danzante. El universo entero también cabe en las tierras de Alcañiz. Todo depende de la universalidad de la mirada del director.

Corran a verla. Me lo agradecerán.

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