Hubo un tiempo en el que los libros de viajes los escribían los poetas, en el que las leyendas las contaban los cuentacuentos y en el que los mapas los pintaban los pintores. Esa fue la Edad de Oro de los mapamundis. Desde la Casa de la Contratación de Sevilla hasta el atlas de Ortelius en Amberes. Las fantasías se desvanecieron ante las certezas y los cartógrafos hicieron de su oficio una ciencia. Y, entre compases y colores, la elevaron a arte: embellecieron mapas y esferas con maravillas geográficas e ilustraciones seductoras. Acababa de nacer la poesía irisada de los mapas.
Los descubrimientos en el Nuevo Mundo avivaron la ilusión hispana por el ¡Plus ultra! En pleno nacimiento del mercado de mapas, el alemán Georg Braun realizó con su equipo la empresa editorial del Civitates Orbis Terrarum. Seis tomos de panoramas de ciudades del planeta que, publicados entre 1572 y 1617, serán la colección de vistas urbanas más famosa de la historia. Medio siglo después, escribimos estas humildes Panorámicas. Un viaje por las ciudades del Orbe Terrestre para mirar con ojos actuales esas vistas urbanas. Para ello hemos seleccionado 38 capitales siguiendo los criterios del Civitates y comparando su evolución hasta el presente. A pesar de sus arrugas urbanas por la ferocidad de la historia. Pese a las restauraciones de los cirujanos plásticos del poder que son los gobernantes. Para muestra baste este botón de Sevilla, cagado de nostalgia de Indias y aromado de jazmines:
«Mi infancia son recuerdos de un patio de Sevilla y un huerto claro donde madura el limonero» cantaba Antonio Machado en el poema Retrato a su paraíso perdido entre juegos tiernos y fragancias floridas. «Mi infancia son recuerdos de Itálica famosa cuna de emperadores», evocaba la propia Sevilla sus ilustres orígenes como capital de Hispania hasta encarnarse en la Nueva Roma del Renacimiento. Entre medias, salimos del jardín de las Hespérides plantado de naranjos hasta la taifa almohade de al-Ándalus reconquistada por Fernando III el Santo y, tras el descubrimiento de América, nos asomamos a la puerta para embarcarse rumbo a la tierra prometida del Nuevo Mundo.
El mejor mirador de Sevilla es la Giralda: la veleta que proclama a los cuatro vientos la grandeza de Híspalis. Desde su campanario, el Licenciado Desengaño, en la sátira Anteojos de mejor vista (1625) de Rodrigo Fernández, mostraba a sus amigos «cultibravos» cómo Don Dinero iba ganando el pulso a Doña Honra, pues: «hoy uno puede ordenarse de su señor a título de su dinero». Y siguiendo su ejemplo, el Diablo Cojuelo (1641) de Vélez de Guevara, cuya entrada en Sevilla hizo a través de «un jardín terrenal plantado de jazmines», señalaba a su compañero de aventuras las galas hispalenses que son las mismas que ahora contemplamos. Los edificios principales de la Giralda, la Torre del Oro, la Casa de la Contratación, los Alcázares y el palacio de los Adelantados o Casa de Pilatos, en cuya fachada lucen las cruces de Jerusalén labradas tras la peregrinación del Marqués de Tarifa a Tierra Santa. Sin embargo, a vista de pájaro desde los cielos, el demonio tullido también se dio cuenta de la fuga de los metales preciosos al extranjero: «populosa ciudad —lamenta—, que reparte a todas las provincias del mundo la sustancia de lo que traga a las Indias en plata y oro, y que es avestruz de Europa, pues digiere estos generosos metales».
De aquel tiempo nos llegan los ecos de su doble cara: las luces del país de Jauja y las sombras de la corte de los Milagros: «un microcosmos de oro y barro», como la llamó Carlos Martínez Shaw. Quedémonos con las escenas de su teatro barroco cuando procesionan pasos y capirotes en Semana Santa, desfilan figuras coloridas y suenan campanas desatadas en el Corpus, revolotean jinetes y mantones de Manila durante la Feria de Abril y, desde los honestos a los pícaros, nunca faltan los requiebros de muchachas por el paseo del Arenal. La herencia de ese Siglo de Oro nos permite cruzarnos por las calles con los tipos populares que pintara Diego Velázquez, reconocer en las caras los niños mendigos y los ángeles traviesos de Murillo, ver a Don Juan galantear a doña Inés en el barrio de Santa Cruz y fijar las pupilas en las pupilas azules de las enamoradas de Bécquer.
La ciudad bañada por el Guadalquivir ignoraba que la tiranía del tiempo la exiliaría del océano por el escaso calado del río para los buques que sucedieron a los galeones de la flota de Indias. Un retiro a puerto seco que no la impedirá ser el faro que iluminó al mundo durante Exposición Iberoamericana de 1929 y la Exposición Universal de 1992. Cuando la Alabanza a España de San Isidoro se hizo alabanza de la cabeza de una Andalucía moderna y cosmopolita que siempre huele a especias y azahares. Nuestra Sevilla son los mismos recuerdos de Lope de Vega que, melancólico de amoríos juveniles, cantaba en la comedia Amar, servir y esperar (1635):
«Vienen de Sanlúcar
rompiendo el agua a la Torre del Oro
barcos de plata….
Barcos enramados van a Triana;
el primero de todos me lleva el alma».

Vista de Sevilla en el Civitates Orbis Terrarrum. Colección particular. PGM.
