Las leyes del mar señalan, entre otras cuestiones, la obligación de ayuda en caso de emergencia o peligro. También explican que ese deber de socorro es gratuito. No supone recompensa alguna. El código va más allá y, sin saberlo, se carga de lírica. Asegura que las aguas internacionales son libres, no pueden ser reclamadas por ningún país, institución o persona. Es algo así como si la fuerza salvaje del mar se dejase doblegar a base de un código desbordante de moral y obligación estética. Los que somos de interior o de secano, no conocemos cómo estas prácticas bonhómicas te pueden salvar la vida. Sin embargo, aquellos que navegan o viven mirando al horizonte azul turquesa integran en su vida estas leyes justas. Lo hacen de manera orgánica, con la naturalidad del que suelta un cabo y lo aduja sin despeinarse. Muchas veces su quehacer diario se ve impregnado de esas leyes y se entregan con la misma generosidad en tierra que en alta mar.
Luis y Mar, Mar y Luis son un claro ejemplo de ello. Introducir a alguien en los misterios de una actividad que dominas tiene mucho de paternidad amorosa. Es hacerte partícipe de una liturgia que manejas con soltura, pues te va tu seguridad y la de los tuyos en ello. Dar valor al acto de compartir, del encuentro festivo entre familias es algo casi revolucionario en los tiempos onanistas de las redes sociales y de la maldita IA. En cambio, hay una verdad inevitable en ese compartir, de esas que caldean las entrañas.
Llevar el timón de un velero de diez metros de eslora es parecido al tacto aterciopelado de un sueño. Y, mientras se trata de controlar la deriva (el timón es mucho más sensible de lo que podría pensarse), y el sol quema la espalda, la conversación va del chascarrillo a lo trascendente. El ejemplo, maestro de vida, es el mejor alimento para los vástagos que observan la escena pensando que estarían mejor sometidos al brillo de la pantalla de su tablet que a la brisa juguetona que ciñe la vela. El viento amaina, el velamen flamea. La bocana del puerto, casi sin darnos cuenta, se ha colocado frente a nosotros. Toca poner el motor y atracar. Dejar un barco amarrado con cabos a las cornamusas tiene mucho de arte, también de léxico especializado. Luis y Mar son tan buenos anfitriones que no nos dejan hacer ninguna de las engorrosas maniobras, más allá de colocar alguna defensa. El sol languidece en el horizonte y una luz anaranjada invita a la melancolía, pero nuestro sentir es distinto. La jornada ha pasado y nos sentimos plenos bajo el verso de la tarde desvanecida. El recuerdo, ese lugar del que no hay exilio posible, quedará siempre en la memoria.

