La cuerda entra
en las manos,
en junio.
Aspereza en las palmas.
La fibra tensa
los dedos de cobre,
las frentes
miran al otro lado.
El viento
aguanta la respiración.
No hay miedo,
hay una bola para
chacchar.
Murmullos
se apagan en el sudor.
Confían en los Apus,
confían en el regreso.
Las piedras aguardan.
El agua curiosa pasa de largo.
Arriba, los cuerpos
trenzan,
aprietan.
Los nudos
se llevan parte de la piel.
En junio,
no hay arneses,
hay un puente
que rescatar.

