Me pides que describa la muerte de mi padre con el fin de que quede para la posteridad en las redes. Así, llevo a cabo lo que me solicitas: estaba en un ferry, era el noveno día antes de las kalendas de septiembre, 24 de agosto, casi a sexta hora. Me llama mi madre, me indica que en el telediario han informado que el Vesubio está en erupción. Como hombre erudito, mi padre estaba disfrutando de su visita a Pompeya. Al encaminarse al foro, descubrió a una niña, sola, asustada y buscando a alguien. Él le preguntó dónde estaba su madre, pero ella solo balbuceó «mamá».
Algunos visitantes empezaron a abandonar el recinto y la niña lloraba desconsoladamente. Para encontrar a la madre de la criatura, mi padre la cogió de la mano y se dirigió a la Casa del Fauno: su figura aparecía en las últimas fotografías de la cámara que la niña llevaba colgada. Más y más gente corría en dirección contraria, hacia la salida, pero ellos dos se alejaban adentrándose en el peligro. Él ya tenía casi setenta años y andaba con dificultad. A pesar de todo, me enviaba notas de voz para describirme dónde se encontraban. Desafortunadamente, pocas me llegaron a tiempo. La nube impedía la cobertura y no pude saber dónde se encontraban exactamente.
La ceniza caía sobre el ferry, cada vez más caliente y densa. Piedras negras y ardientes se precipitaban desde el cielo. Temiendo que alguna piedra los alcanzara en la cabeza y los matara en el acto, mi padre echó a correr con la niña en brazos. Todavía me pregunto cómo. A veces me llegaba algo de cobertura y recibía algunos de los audios. No eran de lamento, sino de una practicidad y un sentido del deber admirables. «Pasamos frente a la Casa de Sirico, donde se exponen los cuerpos devastados por la erupción del 79. Más atrás dejamos el prostíbulo y ya casi estamos en las termas estabianas. No las confundas con las de Marco Fabio Rufo».
Mientras, en el Vesubio relucían anchísimas llamaradas. Mi padre, para apaciguar el terror de la pequeña, le dijo que eran hogueras de gente que ya había salido de la ciudad y que seguramente su madre estaba en una de ellas. Entonces, decidió que se refugiarían en la Casa de Venus de la Concha. Ahí, cobijados, le narró:
—¿Ves este fresco? Es Venus. Nació de la espuma del mar y llegó con esta concha a Citera y Chipre. Allí las Estaciones la vistieron y la llevaron al Olimpo.
El mito seguía y seguía. El atrio se llenaba de cenizas y rocas cubiertas de fuego que partieron algunas columnas. Así que se pusieron las chaquetas encima de la cabeza como única protección y salieron calle abajo hacia el anfiteatro. En plena carrera, mi padre cayó y perdió las gafas. No veía absolutamente nada. La niña gritaba enloquecida y él palpaba el suelo desesperadamente, buscando las lentes. De repente, un vaho caliginoso le tapó la respiración. Intentó taparse la boca, pero perdió el conocimiento. Ya no estaba.
Cuando al fin terminó la erupción, su cuerpo fue hallado intacto y las gafas, a un metro de él. Tenía un semblante sereno, como si estuviera descansando después de una gran hazaña. Acabo este relato añadiendo que lo he explicado tal y como él lo narró en los audios y por lo que encontré en el lugar donde halló la muerte. Elige lo que más te convenga, José, pues no es lo mismo una carta que una crónica, ni dirigirse a un amigo que publicarlo en Internet.
Salud.

