Es el último trayecto en tren que hago en Taiwán. Recuento ahora los lugares más especiales de este viaje mientras admiro la gama de verdes que parecen reventar el ventanal del vagón para que no los olvides. Puertos, ciudades, comidas y gentes me vienen a la mente, pero no dejo de pensar en una zona específica de Formosa. Dihua Street, la calle y la zona más vieja de Taipéi, no queda lejos de los rascacielos, las autopistas elevadas, las estaciones de metro ultramodernas y las múltiples pantallas anunciando todo tipo de productos, experiencias o momentos que consumir. Incluso en la zona de Dihua, el cogollo central es sumamente comercial, pero al avanzar un poco hacia el norte por esa calle, dejando atrás la zona más conocida, se convierte en un mercado lineal de todo tipo de productos deshidratados y teterías; té negro y oolong, y otros tés verdes entremezclados con figuritas de jade y esculturas en madera con tonalidades burdeos riegan la rúa. Está lleno de locales porticados de medicina tradicional china, de herbolarios, tiendas de incienso y textiles taiwaneses ancestrales de patrones poco vistos por el ojo occidental. Los aromas se mezclan con los brillos de los envases y los humos de las barras de incienso con los colores mates de las frutas y verduras deshidratadas.
Esta zona de la ciudad es el germen del comercio en Taipéi, las construcciones de dos pisos, nunca más de tres, despliegan un local abierto al público en la planta baja y la vivienda encima, tradicionalmente de sus propietarios, que además la usaban como almacén. La zona mantiene el atractivo solemne de la arquitectura funcional pero también ornamental. Muchos de los locales se van reconvirtiendo en negocios más actuales, pequeños cafés con encanto, hoteles boutique que se traban con pequeños talleres donde todavía se fabrican y pintan farolillos de papel a pie de calle, o locales que venden comida típica taiwanesa, noodles, arroz o dumplings. Uno de los establecimientos destaca porque solo venden sobres rojos, donde tradicionalmente se colocan los regalos monetarios tan típicos. Cuanto más al norte, más tranquila reposa la calle. Hay menos alboroto y resulta más fácil detenerse para admirar los productos o el trabajo cuidadoso de las teterías o las boticas al medir los diferentes ingredientes. Es de las pocas veces que tengo la sensación de que la gentrificación no ha acabado con todo, que no ha arrasado con el sustrato local para vender la última moda en cupcakes. Es de las pocas veces que parece que este movimiento no ha hecho estragos en el tejido social, aunque no sé hasta cuándo durará. En un país en el que la mayoría de las ciudades están porticadas, los de Dihua Street resaltan por delicados, fuerzan a la pausa; quedan un tanto apartados y alejados de los altos edificios de acero y cristal, de la pagoda posmoderna que es Taipéi 101 y también de los templos y los mausoleos, ya abigarrados de visitantes. Dihua Street es un verdadero remanso de paz, una gema escondida en la isla hermosa.

