{"id":815,"date":"2026-10-14T19:26:17","date_gmt":"2026-10-14T17:26:17","guid":{"rendered":"https:\/\/homo-viator.com\/?p=815"},"modified":"2026-10-14T19:29:55","modified_gmt":"2026-10-14T17:29:55","slug":"ser-y-no-ser-en-otra-geografia","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/homo-viator.com\/index.php\/2026\/10\/14\/ser-y-no-ser-en-otra-geografia\/","title":{"rendered":"ser y no ser en otra geograf\u00eda"},"content":{"rendered":"\n<p class=\"has-text-align-left wp-block-paragraph\">Cambiar de geograf\u00eda tiene ese efecto mutante que te hace mudar la piel como un camale\u00f3n, sobre todo si has nacido y crecido en una isla con un farall\u00f3n de oc\u00e9ano por los cuatro costados y d\u00e9cadas de hermetismo, contemplando la opacidad de las paredes de la concha que habitas. Entonces, llegar a la gran urbe del primer mundo te eclosiona. Sales del capullo a estrenar las alas en medio de un vendaval de descubrimientos y sentimientos encontrados, y en el minuto uno de poner los pies en tu nuevo ecosistema comienza tu transformaci\u00f3n. Cada \u00e1tomo de tu ser est\u00e1 en alerta y tus cinco sentidos se aguzan para no perderse ning\u00fan est\u00edmulo. Solo el aeropuerto al que arribas es m\u00e1s grande que tu isla y con el doble de habitantes. Como en un sal\u00f3n de espejos de un parque de diversiones, encuentras mil puertas con letreros rojos que se\u00f1alan la salida. Te abrumas. Hay una estera interminable que debe llevarte al fin del mundo y un tren que parte desde las alturas para trasladarte hasta el <em>downtown<\/em>. T\u00fa cre\u00edas que hablabas ingl\u00e9s y franc\u00e9s, y aterrizas abanderada con tus diplomas internacionales, pero cuando aquel oficial de inmigraci\u00f3n pregunta \u00ab<em>What is the purpose of your visit to Canada?<\/em>\u00bb, juras que te habla en arameo antiguo. A duras penas logras balbucear una respuesta inteligible. Es como si en tu metamorfosis se te bifurcara la lengua, una lengua b\u00edfida de r\u00e9ptil que aprende nuevas contorsiones para armonizar con sonidos de otro idioma.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">Te sientes diminuta, extraviada, expectante. Sales reptando por las esquinas menos transitadas, dejando jirones de tu vieja piel escamada. Una ciudad infinita te recibe, te repele y te ladra. Los rascacielos se abalanzan hacia ti con sus extremidades angulosas e imponentes como si quisieran aplastarte. Se te desbordan las pupilas de colores, formas, tama\u00f1os y cantidades. Eres incapaz de retener todas las im\u00e1genes, de procesarlas y clasificarlas con sus etiquetas para archivarlas en los cajones de la memoria. Vienen a tu encuentro nuevos ruidos, olores, sabores y temperaturas que reconocer\u00e1s <em>ipso facto<\/em> en el futuro, siempre que regreses a Toronto. La ciudad es un popurr\u00ed de aromas que cuentan las historias de cada rinc\u00f3n. Se mezclan los olores del curry, el sushi, el caf\u00e9 del Tim Hortons, las boller\u00edas, la marihuana, el perfume caro, el asfalto h\u00famedo, el sudor fuerte\u2026 Y t\u00fa te maravillas y te agobias. Te provoca huir y te quieres quedar. Tu nombre pierde vocales y consonantes. Los locales no son capaces de pronunciarlo y han conservado solo el principio y el final. Ahora eres Lila, apelativo que aceptas sin protestas como parte de tu mutaci\u00f3n.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"wp-block-paragraph\">No te has dado cuenta, Lila, pero, al transcurrir los meses, tu voz ha incorporado otra cadencia, tus gestos tienen un aire menos tropical, tu andar ha adoptado el ritmo de los nativos: ligero y seguro siempre, salvo cuando se aproximan a una boca del metro cual hormigas locas. Ya no llevas Google Maps como br\u00fajula ni vas contando las calles en el bus. Usas ropa que no combina con total desenfado y dices <em>sorry<\/em> quince veces en un parlamento de treinta palabras, aunque no exista raz\u00f3n alguna para tantas disculpas. Coexistes con la chica de la isla que lleg\u00f3 escondida en una caracola, la que prepara potaje de frijoles negros y pl\u00e1tanos fritos y hace videollamadas sin parar a La Habana. T\u00fa le reclamas que aproveche el d\u00eda tan lindo para salir a dar un \u00faltimo paseo. Vas en el tranv\u00eda 512 por St. Clair Avenue. Suena en tu <em>playlist<\/em> <em>Hard Candy<\/em>, de Counting Crows, ese disco que, si fuera de vinilo, ya estar\u00eda rayado. Luego sabr\u00e1s que, en cualquier latitud que te encuentres, escuchar esa m\u00fasica te regresar\u00e1 a Toronto montada en un tranv\u00eda. Flotas, fluyes, vuelas con alas de mariposa leve. Eres otra pieza de la ciudad. Cierras los ojos y dejas que te despeine la brisa fresca que entra por la ventanilla. Ya comienza a oler a oto\u00f1o. Le dices adi\u00f3s a la chica de la isla que acaba de tomar su avi\u00f3n de regreso a La Habana. All\u00e1 la esperan demasiadas cosas valiosas, impostergables. T\u00fa te quedas, Lila, te quedas definitivamente en esta ciudad \u00edntima que por fin te sonr\u00ede, te acaricia, te hace gui\u00f1os, mimos de todos colores, y que te acurruca susurr\u00e1ndote al o\u00eddo una melod\u00eda que ya no es extra\u00f1a.<\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right wp-block-paragraph\"><em>On certain Sundays in november<br>When the weather bothers me<br>I empty drawers of other summers<br>Where my shadows used to be<br>And she is standing by the water<br>As her smile begins to curl<br>In this or any other summer<br>She is something altogether different<br>Never just an ordinary girl<\/em><\/p>\n\n\n\n<p class=\"has-text-align-right wp-block-paragraph\"><em>(Hard Candy\/<\/em>Counting crows<em>)<\/em><\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image size-large is-resized\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"1024\" height=\"768\" src=\"https:\/\/homo-viator.com\/wp-content\/uploads\/2026\/10\/Parque-frente-al-skyline-junto-al-agua-1024x768.png\" 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