Yoel era un chulo de barrio que nadie sabía de dónde había venido. Se dedicaba al tráfico de tabaco y vírgenes en el siglo XXI. Cualquier pedacito de oro que cayera en sus manos se convertía inexcusablemente en eslabón de alguna de sus cadenas, las que ponía bajo la almohada al dormir. Yoel tenía un secreto: era ateo por deficiencia de dioses.
Acostumbrado a la indiferencia divina, rendía culto a las calles de La Habana Vieja mientras cuidaba sus puntos, ofrecía tabacos y compraba policías, cebollas y huevos. La carne era un bien escaso, y el pan y la cerveza le arruinaban la figura, hinchándole la panza. Así que andaba de ron en ron, compartiendo su presencia con el barrio y sabiéndose superior hasta donde se podía. Los apagones, el hambre y los mosquitos eran para todos.
En esas noches de terrible oscuridad, Yoel iba al malecón y seguía la rutina de caminar en círculos del castillo de la Real Fuerza al castillo de La Punta, oliendo los secretos de los cuerpos de los que no pudieron llegar a la boya de Cayo Hueso.
«Eres un bicho de mal agüero», le decía la señora que le vendía desde siempre las cebollas, los huevos y las vírgenes, cada vez más caros. «Es lo que hay», le respondía con indiferencia.
Luego regresaba al último piso de su edificio y observaba los hoteles encendidos como jirones de luz en una Habana apagada. La entendía mejor cuando estaba oscura. Oscura e incómoda por dentro, como él.
Smith era un turista que también tenía deficiencia de dioses. Visitaba a Yoel dos veces al año para hacer negocios. En su visita trescientos noventa y nueve se reunieron en un bar famoso donde alguna vez compartieron con el papá Hemingway. El ambiente, lleno y ruidoso, era el mismo de afuera. A la altura del noveno Daiquirí, Smith le reveló a Yoel por qué había sido condenado a vivir doscientos años en La Habana.
—Tu tiempo ya terminó —dijo Smith mientras ponía en la copa de Yoel un polvo blanco—. Toma esto y te podrás ir como mismo llegaste. Aunque esta vez por tus propias alas.
Yoel alzó el noveno Daiquirí doble de la noche y examinó la bebida recién adulterada. Algo nadaba como una mancha de peces de colores entre el hielo picado y despedía un embriagante olor que no pudo definir.
—Pues que todo sea para salir de aquí, doscientos años en esta ciudad son… Demasiados. ¡Salud! —Vació la copa de un trago—. ¿Y ahora qué?
—Pues nos vemos en un mes en el Castillo de la Punta —dijo Smith mientras pagaba la cuenta—. En unos días podrás recordarlo casi todo. Sabrás de nuevo cómo volar.





