
Todo viaje comienza antes de partir. A veces nace con una frase, en una obsesión o en la idea fija que —como dice Manuel Ruiz, protagonista de Gallego— cambia el destino de un hombre. Esta obra magistral se abre desde esa certeza íntima del personaje. Un personaje que podemos ser todos y cada uno de los que nos atrevemos a abandonar lo conocido, con los dolores y anhelos que implica. No hay movimiento sin deseo ni emigración sin voluntad de una vida mejor. Tampoco habrá suceso en el plano físico sin una maduración espiritual anterior. Primero se sueña la otra orilla, después se abandona la propia.
La novela de Miguel Barnet, con más de ochenta ediciones y una película a sus espaldas, reconstruye una vida que se va haciendo a sí misma mientras cruza el océano. Manuel Ruiz sale de su aldea gallega ligero de equipaje y cargado de esperanzas. Llega a Cuba sin saber que el trayecto no será geográfico, sino interior. Arriba sin sospechar que el verdadero viaje no termina en La Habana. En realidad comienza allí.
Desde la primera persona, la voz del protagonista deja de sonar a personaje para recordarnos a un abuelo que, balanceándose en un sillón de rejilla, cuenta su vida. Habla con la naturalidad y el desparpajo de quien ha vivido mucho y ya no le importa nada. Su experiencia se ordena más allá de una novela de progreso; es una hermosa sucesión de días. Barnet construye una épica silenciosa donde el heroísmo consiste simplemente en resistir.
Entre España y Cuba se despliega una cartografía emocional. La aldea es el origen inevitable; La Habana, el aprendizaje. Ambas orillas se abrazan entre recuerdos. El protagonista se integra en la tierra de acogida sin dejar de ser extranjero: trabaja, ama, envejece, participa en los acontecimientos históricos —la Guerra Civil, los cambios políticos, la Revolución cubana—, pero siempre desde la periferia de quien pertenece sin llegar a poseer.
El tiempo histórico atraviesa la narración. Sin embargo, los grandes sucesos del siglo XX no aparecen como impactos sobre la vida cotidiana. La historia no la protagonizan los héroes oficiales ni acontece como nos la han contado. La interpretan quienes cargan sacos de carbón, conducen tranvías o esperan una carta que nunca llega. Así, el relato individual se vuelve colectivo. Las palabras de Barnet, en el exergo de la edición ilustrada publicada por Editorial Traveler, lo dejan claro: «Manuel Ruiz es Antonio, es Fabián, es José. Es el inmigrante gallego que abandonó su aldea en busca de bienestar y aventura. El que cruzó el Atlántico ligero de equipaje, como escribiera Antonio Machado, para forjarse un nuevo destino en América. Su vida es una parte de la vida de nuestro país. Integrado a la población cubana, el gallego, como el asturiano, el catalán o el canario, contribuyó a crear nuestra personalidad nacional. Manuel Ruiz es muchos nombres y todos los nombres».
En ese sentido, Gallego no trata sobre la nostalgia sino sobre la transformación. Prosperar deja de significar enriquecerse y se conforma con encontrar un lugar en el mundo. Manuel Ruiz no «hace las Américas», aprende a vivir en ella. Todo se resume a un oficio dominado, una amistad fiel y un amor correspondido. Aborda, asimismo, la no menos importante «otra cara del viaje»: los que se quedan, los que se preguntan cada día si les ha llegado correspondencia, los que sin tomar la decisión de partir, también subsisten solos. Y al final del camino, envejecen o mueren añorando el abrazo del ser querido.
El lector cruza fronteras temporales y geográficas sin moverse del sofá y comprende que la experiencia migratoria no pertenece a una época concreta. El relato de Manuel resuena en cualquier tiempo, porque habla de una pulsión universal, la de mejorar el horizonte sin perder la voz propia.
Al concluir la lectura queda el sabor que acompaña a los emigrantes: no nos vamos ni nos establecemos del todo. Incluso después de asentarnos, continuamos habitando dos lugares a la vez. Por eso, Gallego permanece actual. No es la historia de un español en Cuba, es la de un ser humano que decide confiar en un futuro que todavía no existe.
¿Y si resultara que el destino no es la otra orilla sino la aventura de ser capaces de alcanzarla?