«Habanecer» es un concepto que descubrí en un viaje de formación y homenaje, como deberían ser todos. El horizonte, desde la atalaya de la altura, impresiona. El perfil isleño se siente, no tanto en la geografía, como en el ánimo. Disfrutar de la amanecida en La Habana imposibilita la indiferencia. Es, desde el momento mismo de la herida luminosa, una huella indeleble en la gramola de la memoria.
Dicen que hay ciudades que muestran su esencia durante la hora violeta, como si la luz pudiera desvelar matices ocultos hasta el momento. En pocos lugares se concreta con mayor fiereza la poética del desencanto que en una ciudad huérfana de recursos, pero plena de ilusión. Las aceras levantadas por raíces no impiden que, a cada rato, vuelen versos por sus calles. Edificios añejos, previos a la Revolución o hijos de ella, se perfilan brumosos sobre la tierra de los mambises. Son mastodontes de la historia o espejismos de cambio. Juntos conforman un mapa en clave de sol, una geografía secreta de las pasiones.
La Habana es un vórtice anímico, un bulevar de experiencias, un campo de batalla para encontrarse con la alteridad. La alegría de los pueblos proclama su sinceridad en los tiempos oscuros de la miseria. La ciudad sabe mucho de este «ponerle buena cara a la vida» cuando la existencia, la previsión y el bolsillo están hechos guiñapos. El verbo «resolver», en esos lares, se conjuga con ritmo. La inventiva campa a sus anchas sometida, eso sí, a los cauces restrictivos de la carencia. Nadie forjó tanto carácter o superó tanta adversidad mientras habitaba un paraíso malogrado. Allá resulta natural perseguir un intangible y no alcanzarlo. Alguien dijo que eso era la poesía. Para ellos es su día a día. Es el carácter de un pueblo que filosofa cuando la única opción es la resiliencia. Su renacer y viveza se aprecian en cada gesto. El aire, cargado de efluvios de motores vetustos, es incapaz de disimularlo. Se respira vida desde el amanecer hasta la anochecida.
Habanecer no es un verbo inventado. Se trata más bien de un conjunto de fuerzas telúricas de un lugar bendecido por la luz. Esa capacidad de sentir el universo es pura catarsis. Una manera, en definitiva, de difuminar tanta magia en la mirada. La Habana es la evanescencia que se concreta en una sonrisa, en el arrobo al pasear por el Malecón o en la puesta de sol desde el Morro. Con la ciudad a los pies nos sentimos dioses caribes de un universo rodeado de agua. Ya solo resta brindar con una Bucanero por lo que está por venir. La magia, afortunadamente, es difícil de matar.
