Imagínate Albania dividida en mil novecientas provincias, subdivididas a su vez en distritos,
localidades, barrios, calles, manzanas y casas solariegas, cada una de esas partes controlada por varias
personas a quienes no ves pero te ven. Ahora imagina una gran red de pasillos con despachos a ambos
lados, extendiéndose por el subsuelo del país, como un inframundo donde el repiqueteo de las máquinas
de escribir es incesante. Desde abajo se observa, escucha, transcribe, analiza, interpreta y clasifica cuanto
sucede arriba, pero sobre todo los sueños, tus sueños, los míos. Cuando alguien -tú o yo- cierra los
párpados, la maquinaria se pone en funcionamiento, furiosa; los escuálidos y alargados dedos de miles de
funcionarios convierten el teclado de viejas Brother, Adler o Corona en pianos desafinados interpretando
nuestra música nocturna. Un sueño entonces se convierte en un texto, convirtiendo a su vez a quien lo
transcribe en su psicoanalista. El texto da forma a lo informe, a lo abigarrado, a lo ilógico, para que
después el lector le proporcione un contenido.
No siempre es fácil, claro, porque en nuestra cabeza conviven eso que Freud llamó inconsciente,
en referencia al subsuelo de nuestros pensamientos personales e intransferibles, y eso que Jung llamó
inconsciente colectivo, en referencia al subsuelo de los pensamientos de toda comunidad.
Cada viernes se selecciona el sueño más impenetrable, que se envía a Tirana, donde el gran tirano
tendrá la última palabra, justificando de esa manera su puesto en la escala jerárquica, a la manera de los
jefes y chamanes de una tribu amazónica, capaces de entender signos indescifrables para cualquier otro de
sus súbditos: el grillo no canta, malas cosechas; al oso se lo comen las termitas, muy pronto caerá Tebas;
un año cualquiera se extravía el otoño, pinta tu cuerpo para espantar a los fantasmas; el emperador o el
gran tirano desfilan desnudos, por todos lados se escucharán los aplausos; un albanés enarca las cejas,
habrá tormenta… Sus interpretaciones son hechos. Y esos hechos nacen de sueños llamativos,
sospechosos. Los demás sueños, los tranquilos, los apacibles, los más fáciles de desentrañar (tan simples
que hasta un funcionario con gafas los entiende pese a su estrabismo o miopía), irán a un enorme archivo
con forma de grabado de Piranesi o de laberinto de Escher, cuyas puertas solo se abren a un par de
privilegiados, aunque ni siquiera ellos se libran del escrutinio nocturno mientras duermen, porque también
a ellos se los mantiene bajo atenta observación.
Por supuesto, la Albania que acabo de describir no se parece a la que te encuentras hoy en día.
Quizás nunca fue así, pese a inspirar un paisaje parecido a Ismael Kadaré en su novela El palacio de los
sueños: una fábula terrorífica sobre un país sumido en el terror bajo una terrible dictadura, y digo
terrorífica/terror/terrible no tanto por su precisión sino por proporcionar muy pocos datos sobre cómo se
ven o visualizan los sueños, cómo se transcriben al lenguaje diario o cómo se analizan e interpretan. De
esa forma el libro produce un miedo más rotundo, polar (al igual que algunas obras de Franz Kafka),
porque nada parece supeditado a la razón, a un mecanismo preciso en el que podamos introducirnos para
desmontarlo. Se trata de una especie de poesía de lo siniestro, un canto a aquello contra lo que luchamos
inútilmente, sin dejar por ello de oponernos con el lenguaje y la imaginación, por si en el futuro
pudiésemos convertirlas en armas efectivas ante nuestros invencibles enemigos.

