La sonrisa de los viejos dioses

Este título eufónico (y simbólico) pertenece a una novela del escritor norteamericano Frank Yerby. Es una de las muchas obras de este autor que devoré durante los años formativos del viaje universitario. Fue una recomendación de un gran maestro. Clío es maestra de vida y, por tanto, a los expertos en ella les suponíamos también sabiduría en torno a las pasiones humanas. No siempre acertábamos. Conocimiento y latido no tienen por qué ir de la mano. Lo único cierto de todo esto es que, lo que nace en el pasado no deja huella si no rima con uno mismo. Y, precisamente, por alguna razón extraña e incomprensible, tanto como las conexiones neuronales o el éxito del reguetón, este título significa otra cosa bien distinta para mí.

Hoy en día existen una serie de territorios inexplorados y no es solo en el espacio exterior. Son los no lugares que la ficción creó. Y, sí, me estoy refiriendo a los rincones de Macondo, los pliegues tectónicos de la Tierra Media, los ríos de Ruritania o la ínsula de Barataria. Y hasta de la Yoknapatawpha faulkneriana.

Por ejemplo, de Celama, un lugar destinado a convertirse en nada, se pueden apuntar toda una serie de rasgos, aunque físicamente no existe. Es decir, podemos crear una geografía imaginaria o una cartografía emocional, pero siempre etéreas. Estamos ante espacios caprichosos, mutables, sometidos al éter de la imaginación de su hacedor, de los lectores o de las necesidades narrativas.

Los territorios de la imaginación son un campo fértil para la literatura y en el cine. Y, a través de ellos, se realizan los más apasionantes y catárticos viajes. Hermés, dios griego del periplo, seguramente ya imaginó la infinidad de mundos posibles o imposibles que pueblan el celuloide. En este espacio os proponemos un trayecto a través de las tierras existentes, pero también de las que solo habitan en el recoveco entre la lágrima y el ombligo. Todo ello teñido de bandas sonoras, travellings y leit motivs que nos construyen en las imágenes en movimiento que acompañan a la retina en cada descubrimiento.

Si nos centramos en estas tierras del azar, de pura inventiva nacida de la obsesión y de la metáfora, deberían en buena ley tener, como no, sus propios dioses. Las reales los tienens. También sus propios ritos, creencias, tradiciones o sacerdotes. La arquitectura de lo imaginario es infinita.  Inventados o no, siempre he imaginado a esas deidades de las tierras de nadie con una mueca burlona; felices en su imprecisión y variabilidad. Ellos son los dueños absolutos de sus geografías figuradas. En sus rostros aletea, poderosa y bufa, la sonrisa de los viejos dioses. No importa la lejanía o el exotismo. Al menos, en mí cabeza, todos ellos ríen cansados e irreverentes a través de los tiempos. Reinan, altivos o generoso, en el orbe indescifrable de la ficción.

Es difícil descubrir que se esconde detrás de cada uno de ellos.

Ese es el viaje.

Bienvenidos. 

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