Cantimplora de papel

Los peregrinos y comerciantes que pasaban por #Chinguetti2022 con sus libros eran conscientes de que transportaban un peso adicional que, en determinadas situaciones, podría marcar la diferencia entre la vida y la muerte. Un gramo de más puede ser la gota que colma el vaso o la presión que hace que te desplomes sobre la arena del desierto, exhausto. Además, los libros ocupan en tu equipaje el lugar de una cantimplora llena de agua o alimento para sobrevivir —de darse el caso— un par de días más. Y, aun a sabiendas de todo esto, los peregrinos y comerciantes que pasaron por #Chinguetti2022 entre los siglos XIV y XIX llevaban libros, en las alforjas de sus caballos o en algún bolsillo de su boubou (que es el equivalente de la chilaba marroquí).

También yo llevo un libro conmigo, bastante voluminoso, por cierto. Es Desde dentro, de #MartinAmis, en el que, a medida que avanzo, me fijo en el número de páginas que todavía me quedan, para tranquilizarme diciéndome que tengo suficiente hasta el último día de este viaje y que no me preocupe: no me faltará compañía en las noches ni en los trayectos largos, cuando el desierto, al otro lado de la ventanilla, comience a penetrar en mi mente, con efectos narcóticos, anulándome, embriagándome… No.

Llevamos libros en nuestros viajes para los momentos en que estamos solos y no hablamos con nadie, que son muchos. Llevamos libros, normalmente, que nos sirven para entender mejor aquello con lo que nos vamos encontrando. Llevamos libros que antes nos conectaron, desde Soria o #Guadalajara2022, con #Mauritania2022 o #Senegal2022; libros amigos con quienes conversamos, en cuyo interior nos refugiamos, en cuyo texto nos perdemos y nos encontramos. Libros que describen el mundo tal como es o como debería ser, o no. Libros como líneas de puntos que dan forma a las imágenes que te llevan de un sitio a otro.

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