La tarde que me senté a beber vino con él, me dijo que no lo vendía. Su hobby era hacer vino y usarlo de vínculo, cosa que le había ayudado, además, a generar amistades de las que duran toda la vida. Tuvo la suerte de ser el nieto perfecto de su abuelo. Expedito le transmitió toda su sabiduría acerca de las viñas en la isla del fin del mundo y lo que eran capaces de extraer del suelo volcánico en el que les había tocado nacer. Desde la edad de catorce años, en la que elaboró su primer vino, siempre supo que ocuparía su vida en mantener el oficio que su padre descartó.
Año tras año, sus finales del verano los dedicaba a visitar la viña, vigilar el envero, observarlo todo como lo hacía su abuelo, que siempre en el momento ideal decía: «Carmelo, este sábado vendimiamos. Vamos a avisar a la cuadrilla y preparar las cosas pa luego montar el tenderete».Luego, tras ese mágico momento junto a sus familiares, amigos y vecinos, quedaban los dos solos en la minúscula y rudimentaria bodega, de aromas a barrica vieja y vino fermentando. Tomaban las decisiones que darían el vino «perfecto» que el abuelo se sentiría tan orgulloso de compartir y presumir con humildad. Siempre recuerda que su abuelo profesaba: «El vino se hace solo y más si viene de uva sana y es de verijadiego». Aprendió, y sigue aprendiendo, que sí y que luego el tiempo lo vuelve fino. «¿Sabes lo que pasa? Que la gente no tiene paciencia y es indispensable darle su tiempo».
Hoy por hoy el legado sigue intacto. Carmelo respeta las tradiciones, le encanta arrimarse a catar a las barricas, compartir con ellas el gusto por beberse su propio líquido y hablar de ello con sencillez, hacer feliz al turista que le visita y seguir conociendo gente que le abre las puertas del mundo. El resultado: vinos sencillamente complejos y personales, de los que levantan el ánimo y desarrollan la conversación intelectual y profesional, agilizan el verbo y hacen amigos. Tocados por el hilo delgado del velo de flor que desnuda el alma de esta bebida y la acaba convirtiendo en eterna. Carmelo juega con el vino sin alquimia, lo llena de amor y lo acaba con un toque de «bebilidad» infinita.
Por todo ello no lo vende, lo ofrece y degusta con aquellos que se acercan a conocerle y a compartirlo en ese mirador de la naturaleza sobre el golfo y ese mar Atlántico poderoso y bravo. Por eso, y por todo lo que he sentido en esta visita, vale la pena una tarde de sábado y el esfuerzo de un hombre para mantener un legado del que su abuelo estará muy orgulloso y feliz.


