Olivos y más olivos. Almendros y más almendros. Ese era el paisaje que se descubría ante mis ojos desde la ventanilla del tren al dejar atrás Francia y entrar en España. Nunca había visto esos árboles en Cuba, pero mi padre me los había descrito con la precisión que concede la añoranza. A veces, a lo lejos, aparecían fragmentos del Mediterráneo, como un recuerdo intermitente de ese mar Caribe que apenas unas semanas atrás había perdido de vista.
La velocidad del tren convertía la estampa en una película acelerada, una sucesión vertiginosa de fotogramas. Debí de haberme quedado dormido, porque no me di cuenta de cuándo cruzamos el túnel, el que me habían advertido que marcaba la frontera. El grito pulmonar del maquinista anunció que ya estábamos en Port-Bou.
No era mi destino definitivo, pero debía apearme y buscar un camión que nos esperaba para llevarnos a Figueres, donde aguardaban los enlaces republicanos que nos conducirían al entrenamiento militar en Albacete. Eché de menos la compañía de Germán. Deseé saber dónde estaría, si pasaba frío, si lograría pisar suelo español. Había dejado París unos días antes que yo. Su recorrido sería más largo. Debía bajarse del tren en territorio francés, en Cebrère, Cèret o Perpiñán; no lo sabría con exactitud hasta el mismo día de partir. De allí, llegar a España cruzando de noche los bosques pirenaicos de pinos y hayas, de laderas pedregosas y barrancos angostos. Le habían advertido que nada de linternas ni cigarrillos durante el trayecto. También de que las ascensiones serían muy duras, que solo habría paradas para recuperar el aliento y que una torcedura de tobillo o cualquier accidente podría dejarlo atrás y perder la oportunidad de unirse a las Brigadas.
Mi tez blanca y mi nombre castellano me habían evitado tener que cruzar la frontera andando. En el nuevo pasaporte que me hicieron en París solo cambiaron el lugar de nacimiento. Me dieron a escoger. «A Coruña», dije, en honor a mi madre. En el tiempo que tardó la chica en escribirlo, pasé de ser un habanerito a convertirme en un gallego de pura cepa.
Bajé del tren en una especie de amasijo de hierro y cristal donde figuraba en letras grandes la palabra «estación». El ancho de las vías era diferente en Francia que en España, por lo que el trasbordo de personas y mercancías era obligatorio. Yo no tomaría otro tren, así que me acerqué directamente al control. Escuché a un chico tararear La internacional. Qué imprudencia. Cualquier descuido nos podía costar la vida. Una cosa es la valentía y otras muy distintas son la temeridad y la provocación. Me habría tomado el trabajo de advertirle, de no ser porque un camarada me cogió la delantera. Hizo callar al chaval de una colleja tras el susurro de un «¿serás imbécil?». Dar la vida por una causa es una responsabilidad; hay que cuidarla para continuar poniéndola al servicio de los ideales.
Mi estómago también tarareaba, pero una melodía bastante menos emocionante. Como parte del entrenamiento debíamos aprender a convivir con el hambre. Llevaba ya casi una jornada entera sin comer, pero aún tenía energía. La mente es muy poderosa y precisa de un cuerpo fuerte. Llevaba algo de pan, queso y embutido, pero decidí dejarlo para cuando se cumplieran las veinticuatro horas del último bocado. Aprender a racionar puede salvar la vida.
Pasé la aduana sin mayor dificultad, aunque había bastante barullo y se notaba que los controles eran más estrictos que al comienzo de la guerra. Nos lo habían advertido los compañeros de París, y así pude constatarlo. Pero para mí, la metralla aún quedaba muy lejos.
Homenaje a Virgilio Rivas Valle, brigadista internacional de la 35º División de la XV Brigada Internacional. A él y a todos los que lucharon en una guerra que no era suya.

