Dicen que Carlos V, durante sus últimos años en Yuste, miraba enlutado y a cada rato el horizonte. La gota galopante y los proyectos inacabados tejían en él algo afín a la melancolía. Fue allá, en los predios del pimentón y de la vera, donde tuvo noticia de la realización de un deseo largamente acariciado. Su hijo, Felipe II, logró una victoria singular contra el francés. Más de doce mil hombres del condestable Montmorenci fueron aniquilados por los temibles tercios de infantería hispanos. La batalla de San Quintín (1557) tronó como la victoria salvaje de las armas hispanas que fue. Nadie podía prever las consecuencias. Tras ella, y conmemorando la festividad de San Lorenzo, se construyó El Escorial, eje de la proporción aúrea, muestra del poder omnímodo de los Habsburgo, sede de teorías esotéricas y pudridero de reyes de dinastías distitntas, pero sobre todo lugar de referencia del segundo de los felipes de la casa de Austria. Siempre que visito sus piedras centenarias, ávido de frescor estival y de mirada hacia Clío, recuerdo una frase. Se dice, y si no es cierto está muy bien narrado, que cuando el antiguo emperador ya en pleno declive físico y vital, supo de los hechos de San Quintín hizo una pregunta al aire. Una que lo definía a la perfección: ¿Y cuándo tomamos París?
El suceso, que no ocurrió de ningún modo, es muestra de su ambición y tenacidad política. Esta frase representa la diferencia entre el sentir guerrero y medieval de Carlos V y el más pausado y estratégico, por evitar el término de prudente tan manido, de Felipe II.
Por eso cada vez que me protejo en las sombras de la explanada frente al edificio herreriana pienso: y cuándo tomamos París. La vida, la guerra, el amor y la honra ya no son lo que eran. Eso sí, siempre nos quedará pasear por San Lorenzo de El Escorial.

