Hay atardeceres que se quedan grabados en la retina para siempre. El color del cielo, cuando el sol nos abandona cada día, puede parecer el mismo en todas las partes del globo terráqueo. Pero no lo es. Depende de muchos factores. Y un mar de nubes en una ciudad de luces cálidas es determinante. Este fenómeno sucede en la isla de Amager, una de las dos que componen la capital danesa.
Copenhague es una ciudad de ensueño, con edificios modernos y de vanguardia, un casco histórico bien conservado y un encanto difícil de explicar: poco poblada y diseñada para la vida en ella, está llena de espacios verdes y rodeada de reservas naturales, atravesada por canales que conectan con el mar que la envuelve. Copenhague es la ciudad más feliz del mundo, la que encabeza los rankings de las mejores ciudades en las que vivir. Y hay algo de verdad en eso. Serán sus frías calles adecuadas para los peatones. Puede que sean sus interiores concebidos por el diseño danés. O serán sus dulces con olor a canela y cardamomo junto con sus cafés de especialidad. Quizá sean sus luces cálidas y las velas que llenan todos los espacios. O igual es el hygge, su filosofía y su contagiosa manera de vivir.
El caso es que el color del cielo al atardecer en la isla de Amager se te queda grabado en la retina. Es la menos poblada de las dos y en ella sus habitantes llevan a rajatabla la filosofía hygge. Viven la vida con respeto y disfrutando de las pequeñas cosas. Herederos de su pasado vikingo y presas de su presente nórdico, su modo de vida se distingue por la calidez, en contraste con un entorno muy frío. Y cuando en un territorio con una identidad tan marcada y tan poco poblado se conjugan la paz, la tranquilidad y el calor que brindan los hogares daneses con el frío exterior, se produce la magia.
Desde una modesta ventana cualquiera, si se tiene suerte, se puede presenciar uno de los atardeceres que más envuelven el alma. Justo detrás de las líneas rectas, encajadas con la pericia de un cartabón humanizado, tras las luces más cálidas que se puedan concebir, se abren las gélidas nubes que pueblan el cielo y la tierra, justo en el punto exacto en el que los rayos amarillos, naranjas, rojos y violáceos muestran su mayor esplendor. Y ahí, en esa pequeña ventana, sobrevolando el mar de nubes, a la vez que buceas bajo el cielo empedrado, te enamoras para siempre de Amager, la isla en la que se conjugó por primera vez el verbo amar.

