Llover, llover

Livingston está a media hora en lancha, y eso, por muy malo que hayas tenido el día, siempre es una recompensa. Media hora que pasas ahí, en medio de todo y de nada, descansando, antes de volver a tierra firme. Es como si, al tener agua abajo y cielo arriba, la intensidad amainara. Como diluirse de a poquito en el todo y que no haya problema que pese ni se sienta demasiado. Te haces pequeña y las dificultades o se elevan o se sumergen, pero, desde luego, no viajan contigo.

Ayer hacía calor. Casi siempre hace calor, pero ayer más, y el cielo estaba colmado de espesas nubes: había algunas bajas que acariciaban la cima de las montañas. Esas están siempre ahí, al menos desde que yo llegué. Cuando hago ese trayecto en lancha, mi cabeza se queda un poco así, como esas montañas con sus nubes perennes y quietas.

Habíamos tenido un día raro, de plantearnos qué hacemos aquí, si este proyecto tiene sentido y si no haríamos más falta en otro sitio. Casi todos los que trabajamos en cooperación nos imaginábamos remangados en el fango o en hospitales de campaña en medio de África, pero la realidad de la mayoría de los proyectos de Centroamérica es bien distinta. Nuestra función está más cerca de apoyar y formar a los equipos locales que de atender directamente a la población. Pero cuando eres joven y has idealizado tu trabajo, eso no lo entiendes tan bien. Y hay días en que la arruga de la frente se tensa y no hay horas que la aflojen.

En los viajes en lancha todo eso pierde peso. Mar Caribe a la izquierda, infinito; sí, vale, la parte «sucia» del Caribe, la bahía de Amatique, pero mar Caribe, al fin. Y gaviotas, y pelícanos y otros pájaros que todavía no sé cómo se llaman. Selva a la izquierda, naturaleza que llega frondosa hasta la misma orilla, manglares infranqueables y espesos, iguanas, mariposas, cangrejos, caimanes, mosquitos, mosquitos, mosquitos. Y cielo arriba, y al frente y por todos lados, cielo preñado de nubes, aire denso y caliente, que casi se mastica. Tormenta eléctrica al fondo, sobre Puerto Barrios, rayos enormes que lo cubren todo por unos instantes. Y la lancha saltando, y yo sujetándome al asiento, intentando no acabar en el agua, pero feliz en medio de todo eso, sintiéndome tan pequeñita entre tanto cielo, tanto aire, tanta selva y tanto mar. Chiquita ante tantos problemas y tantas dudas, chiquitita ante tanto mundo.

Llegamos a Barrios y llueve. No, no, no me habéis entendido: llover, llover, como si estuvieras duchándote. En dos metros, de la lancha al carro, mojados de la cabeza a los pies. Lluvias torrenciales de agua casi caliente que no te dejan ni escuchar tus pensamientos. Agua que lo cubre todo y a todos. Tu cuerpo oliendo a tierra mojada. Barro que corre creando espontáneos ríos que van a dar a la bahía. Instantes intensos en los que todo es perfecto.

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