A mediados del siglo XIX, Charles Darwin recorrió la costa atlántica argentina a bordo del HMS Beagle hasta Ushuaia, la ciudad más austral del mundo. La embarcación que llevaba a los expedicionarios, ansiosos por descubrir lugares desconocidos para los navegantes de la época, y a cuya tripulación se sumó el famoso naturalista, dio nombre al canal en el que, casi doscientos años después, penetraba nuestra embarcación en medio de la noche, dando comienzo a doce horas de lenta navegación que nos permitieron apreciar el majestuoso paisaje.
Cuando el día empezaba a aclararse, pudimos observar el color anaranjado del cielo entre las nubes y las siluetas de las montañas. Con el paso de las horas, este comenzó a despejarse. Transcurría el mes de marzo y en las montañas empezaban a caer las primeras nieves. Era una hermosa imagen en la que se mezclaban múltiples colores: verde, marrón y blanco. El agua estaba en calma y parecía un espejo. Esta quietud permitía apreciar grupos de delfines oscuros marsopeando, soplos de ballenas sei a la distancia, que mostraban sus lomos y sus aletas dorsales, y pequeños grupos de pingüinos de Magallanes navegando. Al aproximarse la tarde, el cielo volvía a nublarse y se oscurecía, lo que impedía ver la puesta de sol. Pero entre las nubes aparecían los últimos rayos solares. En la distancia navegaba un pequeño velero más cerca de la costa. La oscuridad se hacía cada vez más presente y comenzaban a distinguirse las luces del puerto de Ushuaia. Mientras el barco se aproximaba al puerto, apareció un ejemplar juvenil de ballena jorobada navegando junto a él y, antes de llegar a nuestro destino, se despidió mostrando su aleta caudal.

