Allegro napolitano

Aprieta el sol, pero en Via dei Tribunali aún no se escurre ningún rayo; me puedo refugiar aquí. La banda sonora queda recluida entre los muros: motores, claxones, palabrería, gritos… Tengo que sentarme. Al lado se ha instalado una familia; no estoy segura de si hablan o discuten, son altavoces que interactúan. ¡Que se le escapa la niña! ¡¿Adónde va?! Los padres no se mueven de donde están, pero sí gesticulan histéricos para hacerla volver. Beep! Beep! La moto, ¡que se traga a la criatura! El conductor agarra el manillar con una sola mano y, con la otra, un cigarro. Además, el perrito va sentado en el manubrio y la mujer, detrás, se lima las uñas; nada la preocupa. Han hecho que la niña vuelva, no sé cómo y, de repente, la madre, en un ataque de furia, le clava una colleja al marido y después un golpe en el pecho. Él ni se inmuta y siguen calle abajo.

Aish… Doy un sorbo al Aperol spritz. ¿En qué momento venía yo a relajarme? «Aperol spritz, ragazzi!», sobresale entre la polifonía. ¿Y el Maradona spritz? ¿Qué demonios llevará? Pura degeneración capitalista del dios de Nápoles. La carreta de las bebidas está decorada con la imagen de Madonna. Si me pido uno más, ¿sacrilegio o milagro? De un establecimiento sale un chico, una aparición repentina, y, decidido, se dirige hacia mí, coge una silla y se sienta justo a mi lado. Vaya, me quedo algo confusa e invadida. Se come la pizza fritta con avidez, la engulle y se pelea con el queso; muerde un trozo, pero las tiras de queso se estiran y se estiran, no consigue separarlas de la pizza. Escucho nítidamente cómo mastica un trozo bien grande, tanto que la salsa de tomate le chorrea por la comisura de la boca. Rumia y rumia, necesita su tiempo para tragar toda la masa y, además, hace a todo el mundo partícipe de la tonalidad y el ritmo. Cuando por fin engulle, poco me ha faltado para aplaudir.

Llegan más miembros de la banda. El espacio es diminuto, pero no hasta el punto de que se tengan que colocar encima de mí; sin embargo, aquí están, a un milímetro. El masticador de pizza, el sorbedor de lata de cerveza y el gritón, que no deja de mover los brazos marcando el compás. ¿No se puede bajar el tono? Gracias a Dios, ha llegado la mamma a echarles una buena bronca. Ya está, ¿ya me puedo despegar de la pared y respirar? ¡Qué va! Pasa el camión de la basura. ¡Ey! No te acerques tanto, que si alargo un poco el brazo te toco la nariz. Cuando se detiene justo delante es cuando la sinfonía aumenta en toda su estridencia. Me tengo que tapar los oídos. El vendedor, impertérrito: «Aperol spritz, ragazzi!». Y mientras espera, hurga, busca y encuentra un moco con el que juega; lo va pasando de dedo a dedo y acaba enganchándolo debajo de la carreta. Hay más gente alrededor, pero él está en casa; la forastera soy yo.

Ya he visto suficiente. Ciao a tutti! Voy a la parada y pido una frittatina y un arancino. ¡Ñam! Y me da igual si me oyen masticar o absorber con la boca medio abierta: está muy caliente. Igualmente, sigo jugando con el queso, que no se quiere despegar de la bola de arroz. ¡Buah! ¡Cómo quema! El aceite me chorrea por la barbilla; a falta de servilletas, me limpio con el brazo. Espero que nadie me haya visto, aunque ni siquiera creo que haya llamado la atención. Ahora me brilla la cara, una iluminación de la Madonna.

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