El puente de Vicky

El puente de Vicky

Cuando estaba a punto de terminar la secundaria, Victoria llegó a nuestra casa. Era algunos años mayor que yo y pensé que podríamos ser amigas. Hablaba poco, no dominaba bien el español y parecía tener siempre prisa. Mis tías y mi madre decían que nunca habían conocido a una mujer con tanta energía. Yo descubrí su secreto por casualidad.

Victoria masticaba algo todo el tiempo. Al principio pensé que era chicle. Un día la vi sacar de su boca una pequeña bola oscura y guardarla en el bolsillo del mandil. Después sacó otra, esta vez verdosa, y se la llevó a la boca. Me explicó que en la sierra se chacchaban hojas de coca para soportar el cansancio, el hambre y la altura. Lo dijo casi avergonzada, como si tuviera que justificar una costumbre que en Lima no siempre era mirada con respeto. Con el tiempo supe también que extrañaba a su familia. Una noche de junio, después de insistir mucho para que me contara algo sobre su pueblo, me habló de un puente. Me dijo que en esos días la gente de su comunidad se reunía para reconstruirlo. No entendí por qué aquello era tan importante para ella. Mucho menos por qué se puso triste.

Años después, en junio de 2002, viajé a Cuzco por trabajo. No había ido nunca. Apenas llegué, el soroche me dejó fuera de combate. Pasé buena parte del tiempo en la cama del hotel, sin ganas de hablar con nadie. Entonces recordé a Victoria. Pedí mate de coca. Tomé varias tazas. No funcionó. Después intenté masticar las hojas como la había visto hacer a ella. Tampoco. Más tarde alguien me explicó que debía mezclarlas con llipta (hecho con las hojas de quinua) y colocarlas entre la mejilla y la mandíbula. Yo simplemente había mordido unas hojas y tragado el jugo amargo. Cuando finalmente pude caminar, decidí recorrer la provincia. En un mercado, a varias horas de Cuzco, me senté a comer entre mujeres y hombres vestidos con ropa tradicional. Antes de empezar, varios sacaron de la boca una pequeña bola oscura y la tiraron.

Y recordé a Vicky.

Conversé con ellos y entonces apareció otra vez el puente. Q’eswachaka. El mismo nombre que Victoria había mencionado tantos años atrás y que nunca supe pronunciar. Cada junio, cuatro comunidades se reúnen para reconstruir ese puente suspendido sobre el río Apurímac, a más de tres mil metros de altura. Lo hacen con fibras vegetales, siguiendo una técnica heredada de los Incas. Las sogas se trenzan a mano. Los hombres trabajan suspendidos sobre el río. No llevan arnés. Yo tenía miedo a las alturas, así que observé desde cierta distancia. Vi las cuerdas tensarse sobre el vacío. Vi a los constructores avanzar sobre ellas. Vi a la gente acercarse para desearles suerte antes de que comenzaran el trabajo. Y por primera vez entendí a Victoria. Entendí que aquel puente no era solo un puente. Era su gente. Era junio. Era el lugar al que ella no podía volver. Durante años guardé su historia como una anécdota extraña de mi adolescencia. Necesité viajar hasta Cuzco y ver a aquellos hombres suspendidos sobre el Apurímac para comprender lo que Vicky había intentado contarme. A veces viajamos para conocer un lugar. Otras veces llegamos a él demasiado tarde, solo para entender a alguien.

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