—Vos sacá la foto, yo sigo a la guía, que va muy rápido y quiero escucharla.
El grupo de turistas de habla hispana se alinea en semicírculo tratando de escuchar la voz de pito y el español impostado de la guía, que, de tanto decir lo mismo, había perdido la pasión. Nosotros lo salpimentamos con el entusiasmo de conocer esta ciudad de Europa del Este, que tenía tantas cosas por descubrir y que, con cuatro días, no sabíamos si cumpliríamos con todo lo que habíamos traído anotado. Bajamos por callecitas desde el castillo de Praga, recorriendo Malá Strana, maravillados con los negocios de marionetas y de trdelník: rollitos de masa, como nuestras facturas llamadas «cañoncitos», que podés rellenar con helados, cremas o jaleas.
Ahora la explicación se basa en las imágenes en relieve de las fachadas de las casas: si había un zapato, era porque el dueño del lugar había sido alguien que los arreglaba. La guía también va adelantando lo que veríamos en unos minutos: el puente de Carlos. Ella se apresura a dar datos porque, una vez llegados al sitio, la cantidad de gente que lo visitaba iba a impedir al grupo avanzar junto. Nos habla de una escultura y de la historia de ese tal san Juan Nepomuceno, que fue arrojado al río Moldava por no contar los secretos de la esposa del rey Wenceslao IV. También nos cuenta que, tras su muerte, brillaron en el agua cinco estrellas.
Claro que todo va muy bien hasta que nos encontramos con la muchedumbre que se moviliza sobre el puente. Muchas estatuas altas y oscuras custodian todo su recorrido.
Nos corremos para que una caravana de coreanos, que pasaba sin mirar, no cortara al grupo en dos. Avanzaban en medio de flashes, larguísimos palos de selfie para posar y conversaciones en un lenguaje desconocido. Avanzamos entre la trenza humana que buscaba lo mismo que nosotros. Algo más alcanzamos a escuchar de nuestra guía entre todo ese tumulto: «No dejen de apreciar a los artistas». Y así, vemos a un talentoso pintor junto a una pequeña banda que suena como los dioses. Más allá, escuchamos un solo de chelo con una música conocida. Pero la gente te obliga a seguir.
—¿Dónde está el santo de las estrellas? Dale, pedí que nos tomen una foto.
—Están todos amontonados, esperemos. Mirá ese paisaje.
Justo se nubla. La mitad del río brilla bajo el sol y la otra se opaca por unas nubes amenazantes. Más lejos se distinguen otro puente y construcciones antiguas.
Un violinista interpreta una melodía de forma tan hipnótica que nos detenemos para admirarlo.
Nos reagrupamos al final del puente, del lado de la Ciudad Vieja, junto a la bella torre gótica, para dirigirnos, ahora sí, hacia el reloj astronómico.
—¿Tocaron la escultura de Nepomuceno, así vuelven a Praga? —pregunta alguien.
—Nos olvidamos —digo con un dejo de tristeza, mientras miro hacia atrás, hacia la confusión de personas, turistas, artistas y guías.
Y, como tratando de desafiar al destino, a las costumbres y a las tradiciones, añado:
—Pero igual volveremos.

