El viaje fue extenuante.
Las nubes nos llevaron ocho horas en el espacio,
sin manos para sujetarnos a él.
Mi rama y mis retoños acompañando al tronco:
no nos veíamos, pero pensábamos en el interior.
Las horas transcurrían y la mente trabajaba sin cesar.
Al final del trayecto, el fuselaje se detuvo.
Una barrera nos paró en seco,
sugiriendo que éramos extraños en esa tierra.
Con los mismos rasgos, pero en suelo distinto,
descubrimos nuestro origen en un papel.
Cuatro ruedas transportaban a un núcleo;
el deseo de un abrazo abierto y cálido de la ciudad de Picasso y el Mediterráneo.
Seguíamos una línea curva que conducía a otra ciudad que nos acogía:
ciudad suspendida y de vértigo, por la que transitaron tal vez mil años de historia en las piedras de su puente.
El tiempo se detuvo en mi mente, descifrando aquel pasado,
viendo el arroyo y su torrente.
La línea curva serpenteaba hacia una ciudad que olía a azahar antes de verla;
una torre de ladrillo marcaba las horas sobre los tejados;
los naranjos coloreaban sus calles,
¡qué natural había sido aquel destino!
Una guitarra que, al tocar su piel, sabía ya lo que sentía,
y mi caricia llenaba un vacío.
En la ciudad de la Puerta del Sol, nos sorprendió la noche:
avenidas encendidas, terrazas llenas,
voces que no querían irse a dormir.
La cultura de aquel Quijote me hizo recordar mis días mozos,
una región donde al cabalgar sonaban las herraduras del caballo por los callejones de la ciudad de piedra.
Y, a lo lejos, sobre la llanura, los molinos giraban.
Un viaje sobre muchas ruedas trasladó todos mis amores.
Junto al mismo mar, nos esperaba Gaudí:
columnas que se abrían como árboles de piedra,
torres que aún no terminan de subir,
y la luz cayendo en colores por los vitrales.
Fue tristeza, añoranza y alegría aquel regreso al lugar de origen.
Al final del trayecto, la vida tenía otro peso.

