EL RÍO DEL OLVIDO. EL LIMA HASTA VIANA DO CASTELO. Primer finisterre Ibérico.

Fisterra o Finisterre (Finisterrae), fin del mundo conocido, en propiedad, desde un punto de vista de la toponimia o nomenclatura municipal, hay uno en España, con el prestigio añadido de plantearse o ser vivido a menudo como el verdadero fin de trayecto del Camino de Santiago. Pero tanto geográfica como simbólicamente, y desde luego desde la perspectiva de su carga literaria (lo que aquí más nos importa), hay otros finisterres en la península ibérica, lugares en los que las personas, ahora y siempre, hemos percibido esa primigenia conexión con el alba y el ocaso de la existencia, con los astrales misterios, la magia de las leyendas y el peso de la Historia, llegando al borde de la tierra, donde el acantilado o la playa abocan a la eternidad del mar y su horizonte. Como viajes vividos más o menos recientemente, a veces de modo recurrente, he elegido tres para esta crónica viajera, correspondientes a los tres grandes mares que circundan nuestra península: Atlántico, Cantábrico y Mediterráneo.   

EL RÍO DEL OLVIDO (EL LIMA HASTA VIANA DO CASTELO).

A ojo de águila, desde Monterrey, tras los viñedos, se divisa Portugal: el pasado de Hispania, el futuro de Iberia. En Verín y Celanova, tardeamos muellemente, esquivando la lluvia en los soportales:

Chove, chove na casa do pobre.

Y llueve también en mi corazón.

Así lo cantaba Celso Emilio Ferreiro, cuyo busto honramos y a cuya eterna salud brindamos. Bajábamos el Limia sin cruzarlo, un poco temerosos, como los legionarios del general Décimo Junio Bruto, de que fuera realmente el Leteo, el río del olvido que fluye en la espectral frontera del Hades. Osamos hacerlo en Xinzo, por un puente en el que parece desaparecer bajo una espesa capa verde. No, no perdimos la memoria.

En Portugal, el Limia se hace grande y pasa a llamarse Lima. Ponte de Barca: un monumento recuerda al príncipe de los poetas místicos nacionales, Agostinho da Cruz:

Nasci junto do Lima Saudoso

donde nunca jamais falta verdura,

levoume sem saber minha ventura

que fosse o que non fosse venturoso.

Atravesamos bosques densos de petroglifos, gnomos y loberas. En Ponte de Lima perdura la leyenda: el general Bruto, tras cruzarlo, llamó a sus oficiales uno a uno por su nombre y la tropa perdió entonces el pánico a la amnesia, cruzando al fin el río Lima, aquí anchuroso, todo un gran río internacional, aunque presto a extinguirse en el océano. Sobre Viana do Castelo, hay suspendida una niebla persistente, una niebla que vela el pasado sin borrarlo y nimba el alto castro de Citania, Cidade Velha. El inmenso mecano de su puente conduce al punto en que el estuario se funde con la mar en dunas y playas. Sophia de Mello escribió:

sin ningún vestigio de impureza,

donde hay solamente olas rompiendo,

puro espacio.

No divisamos sirenas pero sí surfistas, cabalgando, míticas ellas también, las grandes olas. Salida de los navegantes más intrépidos, descubridores a través de los océanos, todos los caminos del mundo partían de Viana y a Viana (no siempre) retornaban. Punto manriqueño donde recordar la estrofa  más bella y más terrible:

Nuestras vidas son los ríos,

que van a dar en la mar,

que es el morir…

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