Nunca planeé tener a mi hijo en un viaje por el mar. Tampoco imaginé que su cuna sería una hamaca amarrada en una cabina de madera y fibra de vidrio, ni que daría sus primeros pasos sobre una cubierta que se movía al ritmo de las olas, o que aprenderíamos a ser familia entre tormentas, cartas náuticas y amaneceres cautivadores.
Después de vivir en la Ciudad de México, la séptima metrópoli más poblada del mundo, decidí dejar todo atrás: trabajo, familia, amigos… y lanzarme al mar junto a mi pareja. Lo que comenzó como una aventura temporal se convirtió en un nuevo estilo de vida. Con la ayuda del viento navegamos cuarenta mil millas náuticas, más de una vuelta al mundo, ya que una sola son veintiún mil seiscientas millas. Cruzamos mares y latitudes, visitamos más de treinta países y cientos de islas en cuatro continentes: Europa, África, América y Oceanía, dejándonos llevar por las corrientes marinas.
Recuerdo el día que soltamos amarras: era el 22 de junio de 2011, a las once de la mañana, cuando zarpamos del puerto de Sables de O´lonne en la costa atlántica francesa. Habíamos equipado el barco con lo básico para vivir: ropa cómoda, sábanas, edredones, toallas, platos, cubiertos, ollas, sartenes, vasos, comida para un par de semanas: latas de conservas, arroz, pasta, verdura fresca, fruta, pollo, carne, galletas, chocolates para algún capricho y botellas de agua.
Aquel verano me despedí de mi vida en tierra. Estaba nerviosa e ilusionada por lo que vendría, sin imaginar que pasaría diez años en aquel catamarán nuevo, de treinta y ocho pies, que equivalen a unos once metros y medio de eslora por seis de ancho. Navegamos todo el día con viento en contra. Fue una travesía incómoda. Estuve mareada y sin apetito durante los primeros tres días. El barco se movía de forma pesada, especialmente al atravesar el golfo de Vizcaya, conocido por su fuerte oleaje. Al fin llegamos a las tranquilas rías de Pontevedra en Galicia. Fondeamos frente a una playa llena de gente, solté el ancla y salté al agua por la borda para refrescarme. Ya no había vuelta atrás: mi nueva vida por los mares había comenzado.
Desde el principio nos repartimos las tareas. Mi pareja era el capitán, él se encargaba de la navegación, las maniobras, del mantenimiento del barco y la seguridad a bordo. Yo, en cambio, era la grumete, aprendía todo sobre la marcha. Le ayudaba a izar y arriar las velas, ordenaba los cabos, soltaba la cadena del ancla para fondear, amarraba la embarcación cuando llegábamos a un puerto o marina, y colocaba las defensas flotantes para proteger el casco. Además de esas labores, cocinaba, limpiaba, lavaba la ropa y colaboraba en las guardias nocturnas. Un barco nunca navega solo; aunque activáramos el piloto automático, debíamos vigilar constantemente el rumbo, el viento y el tráfico marino. Durante las noches de navegación nos organizábamos en turnos de dos o tres horas. Mientras uno permanecía en cubierta atento al timón, con chaleco salvavidas y arnés para evitar una caída al mar, el otro dormía. Y así, turno tras turno avanzaba la noche. Era agotador. A veces imaginaba cómo habría sido navegar en las embarcaciones de Colón, Magallanes o Marco Polo, guiados por instrumentos de navegación astronómica: brújulas, astrolabio y cuadrantes que, observando la posición del sol, la luna y ciertas estrellas sobre el horizonte, permitían calcular la latitud y la hora. Hoy, en cambio, el GPS simplifica todo. Conectado a la red de satélites que orbitan la Tierra ofrece con precisión milimétrica la posición del barco. Olé, fue el nombre que le dimos al velero. Más que un medio de transporte, era nuestra casa flotante y refugio; nos protegía del oleaje, del viento, el calor e incluso de los fríos invernales. Con el tiempo me acostumbré al movimiento constante, al ritmo del balanceo y a la música ensordecedora de las olas golpeando sin descanso el casco. Se volvió normal estar semanas sin ver tierra, atravesar noches enteras sin luna, vivir en un espacio pequeño con muy pocas cosas, sin lujos materiales, donde aprendí a amoldarme a la soledad profunda que supone estar lejos de todo y de todos.



