Siquijor, magia turquesa bisaya

Te podría contar cómo embauca el turquesa casi ilusorio del mar que cubre todo el agua que rodea Siquijor, frente a la costa de Dumaguete, en Negros Oriental. También podría mezclar las leyendas de magia negra y vudú que abundan en la isla con las visiones del horizonte eterno desde Enrique Villanueva, municipio frente al mar al que nada nubla la vista al infinito. Te deslumbraría con la calma de la pequeña Boracay, la playa de Paliton, de un blanco casi cegador, te mecerían sus suaves olas mientras escuchas mi relato. A medida que te describo mi paso por la isla bisaya, te adentrarías en la galería de cuevas de Lugnason, con inquietud pueril y miedo irreal. Te zambullirías conmigo en el mar desde el islote de la playa de Saladoong, unido a la costa por un estrecho bancal de arena que une esa peña desde la que reflexionar con la isla. El corto paseo por ese arenal nos depositaría en la concha creada en la roca por la erosión de las corrientes, regalándonos una sombrilla natural sobre el mar, tallada en la roca, para sentirnos por un momento perlas en bruto, bañándonos juntos. Cruzaríamos las lagunas que forman las cascadas de Cambugahay, o nos detendríamos ante un balate antiquísimo, un árbol al que se venera como a un sabio anciano, como debe de ser con sus más de 400 años. Y tras presentar nuestros respetos —o no— en la iglesia de San Isidoro en Lazi, cerraríamos el día con un mojito de calamansi frente al océano disfrutando del anochecer en San Juan, entre mochileros varados y aventureros sin rumbo.

Pero todo esto que te narro no valdría un peso sin la sal de la tierra, sin su componente humano, sin el bullicioso gentío en las cascadas en las que las risas de los filipinos hacen enmudecer los torrentes de agua. Sin el saludo amable y la sonrisa constante de cualquier persona con la que te cruzas. Sin la infinidad de personas que se te acercan, te saludan y te preguntan: ¿quién eres, de dónde vienes, cómo es tu lugar, te gusta Filipinas? Todos conectan contigo, desde los tres señores que quieren practicar inglés porque no tienen más ocasión que esa y vienen a hablar contigo incluso cuando estás bañándote en el mar. También la tendera que no te deja ir de su establecimiento hasta saciar su curiosidad, pasando por el grupo de chicos que quieren chocar las manos con un extranjero mientras saludan con expresiones urbanas callejeras en un inglés aprendido en la pantalla o los niños que te miran y cuando les saludas les da vergüenza, pero no dejan de observarte y expresar cariño.

Siquijor es magia, pero muy alejada de las oscuras mancias que han hecho famosa a la isla. El azul verdoso y cristalino del mar todo lo puede y contagia el alma filipina y al que llega a sumergirse en sus aguas. La cultura bisaya penetra fácil, cala suave, pero no ceja y su influjo evoca su memoria, no importa lo que te alejes de ella, tu espíritu ya le pertenece.

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